Apagó la luz, cerró su oficina.
Igual que siempre, como nunca. Recordó. Recordó cuando la abrió por primera
vez, pero su memoria fue más allá. Treinta y cinco años atrás. Otra persona, él
mismo. Un sueño, pero solo un sueño, nada más. Trabajo, esfuerzo, sacrificio,
estudio. Años después ya tenía en marcha su sueño, su compañía, su prisión.
Atrapado en ella había vivido hasta ahora, pero lo había logrado, había hecho
más dinero del que había soñado, había viajado a más lugares de los que había
imaginado. Ahora era tiempo de empezar a vivir.
Solo. Se dio cuenta de cuan solo
estaba. Ahora que iba a empezar a disfrutar de su esfuerzo. Se dio cuenta de
que nadie le esperaba en casa, no había nadie con quien juntarse a celebrar.
Nadie. Solo. Precio, el precio del éxito. Tiempo. Aun hay tiempo, ahora tengo todo el
tiempo que quiera. Conseguiré una familia, amigos, hijos. Viviré.
Cerró la puerta de su oficina por
última vez, se despidió de su secretaria por última vez, y subió al ascensor por
última vez.
Buen negocio, una venta limpia en
el mejor momento. Años durmiendo mal, estudios de mercado hasta altas horas de
la noche habían dado su fruto. Ahora podría dormir, descansar. Recordó todas
aquellas noches en vela, con su cabeza en la inminente crisis, ¿Y si lo perdía
todo? Entonces se levantaba y se ponía a trabajar, lo había logrado.
Bajó del ascensor por última vez
y lanzó el mismo chiste de siempre al mismo portero de siempre por última vez,
un abrazo. Después de todo veintiún años viendo a la misma persona al entrar y
salir es bastante. Este hombre al que veía diez segundos en la mañana y diez
segundos en la noche, con quien siempre reía del mismo chiste, era lo más
cercano a un amigo que tenía.
Caminó hacia la salida por última
vez, pensó en que haría al llegar a casa, cual de todas las habitaciones que
nunca había usado usaría primero. ¿La sala de juegos, la de cine, el jacuzzi o
la piscina? Voy a viajar, a todos esos lugares a los que fui y que nunca
conocí, atrapado entre esos vidrios y paredes a pisos de altura. Ahora si lo
disfrutaré. Usaría el yate. Pensó en sus autos, cuántos de ellos no había
podido nunca manejar.
Sacó su celular y compartió su
momento en internet antes de salir, dos mil amigos, nadie con quien brindar.
Se miró en el espejo del lobby
por última vez. Viejo ¡Cuan mayor se veía! Arrugas y canas, ojeras y manchas
del maniático del trabajo tras veinticinco años sin vacaciones. nada que el
dinero no pudiera arreglar.
Empujó la puerta por última vez, miró su auto
estacionado al frente donde siempre, nunca más. Mientras se acercaba a la calle
su mente volvió a la primera vez que salió de ese edificio, un hombre joven,
dueño de su propio edificio. El sentimiento de satisfacción fue remplazado por
un agudo dolor. Recuerdos a una velocidad mucho más rápida pasaron por su
mente, su juventud, su niñez, su vida se amontonó en su mente a una velocidad
impresionante. Cayó al piso metros más allá, escuchó el grito del portero, de
la gente, de todos, de nadie. Intentó levantarse por última vez, se aferró a la
vida que aun no había vivido, a los momentos que aun no había disfrutado junto
a los amigos que aun no había hecho y la familia que aun no había amado. Botó
el aire de sus pulmones por última vez, mientras una lagrima corría por su mejilla
por última vez.

