Salió rápidamente. Iba atrasado,
pero no más de lo usual. Sabía que alcanzaría a llegar antes que advirtieran su
atraso. Hacía frío, más frío del que esperaba, sin embargo no había tiempo para
volver a buscar un abrigo. Una espesa neblina cubría la parte alta de los
edificios, en su mayoría antiguos, que se extendían a ambos lados de la calle.
En la esquina el semáforo cambió
a rojo y se detuvo mientras veía pasar los autos a gran velocidad. Mientras
esperaba allí, parado con las manos en los bolsillos, una anciano de cabello
canoso, largo y enmarañado, una tupida aunque no muy larga barba y unos profundos
ojos negros se le acercó. El viejo sacó las manos de su abrigo que parecía
tener tantos o más años que él y le pidió una moneda, para un pan, dijo. Miró
al viejo, sus profundos ojos, realzados por el aspecto cansado de su cara, le
miraban expectantes, suplicantes. Apretó en su bolsillo las monedas que
llevaba, justo lo necesario para un cigarro suelto en el almacén al otro lado
de la calle. El semáforo lo salvó, ignoró al viejo y cruzó rápidamente
disminuyendo la velocidad sólo al entrar al pequeño almacén.
Apenas salió encendió por fin su
cigarrillo, algo interrumpió la paz que estaba comenzando a sentir ya con el
cigarro en su boca. Miró a su alrededor y vio ese algo, y lo escuchó. Una mujer
gritaba, era joven y bastante atractiva, tenía el cabello castaño que caía
sobre una chaqueta de cuero blanca, una tez clara y lisa, y unos hermosos ojos
verdes que se posaron en él con una expresión inconfundible, esa expresión que
es una mezcla de miedo y desesperación, dolor e impotencia, mientras el hombre
a su lado seguía golpeándola y gritándole.
Desvió la mirada un segundo, cuando volvió a mirar, aquellos ojos verdes
seguían clavados en él, gritaban, rogaban, mientras la escena lejos de terminar
parecía estar recién comenzando. Se puso sus audífonos y siguió su camino.
Apuró el paso. En la siguiente
cuadra había una serie de estrechos callejones, lugar favorito de ladrones y
asaltantes que los utilizaban como escondite para asechar a los transeúntes que
pasaban despreocupados y absortos en sus meditaciones. Justamente en uno de
estos callejones, el que estaba justo a la mitad de la cuadra, vio al joven que
se aferraba con todas sus fuerzas a su mochila, mientras el ladrón levantaba en
alto el amenazante cuchillo, el joven le miró y supo que no estaba dispuesto a
entregar lo que era suyo, lo vio en sus ojos, no se rendiría, no se entregaría
a la injusticia, iba a luchar aunque sabía que no tenía posibilidad de ganar.
El ladrón también lo miró, recién ahí se dio cuenta de que se había detenido y
recordó que iba atrasado, eso y el temor le hicieron retomar la marcha. Caminó
rápido, pero no tan rápido como para no escuchar el grito ahogado que salió del
callejón y los pasos que se alejaban a toda carrera. Echó una maldición, se le
había caído el cigarro con el apuro.
En la esquina, otro semáforo en
rojo, se detuvo, pero no así un perro que le acompañaba hace un par de metros.
No pudo reprimir un grito ante la inminente tragedia, el conductor del camión
sólo advirtió la presencia del perro cuando sintió el golpe, pero él lo vio
todo, un nudo apretó su garganta mientras veía al camión alejarse, ¡Insensible!
La gente se sobresaltó con su exclamación. Avanzó hacia el cadáver del perro sin
importarle los bocinazos, ignorando el peligro de los autos que pasaban a sólo centímetros
suyo, lo levantó y lo sacó de la calle, lo observó mientras una lagrima corría
por su mejilla y sus dientes se apretaban por el odio a todos aquellos que
pasaron sin conmoverse por la tragedia.
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