Sonó el despertador, despertó. No abrió los ojos, ya sabía lo que vería, el techo blanco de su habitación, la lámpara inútil hasta que él llegara al interruptor, las luces de la calle que entran por entre las cortinas esperando que la salida del sol les dé un descanso, su esposa durmiendo a su lado. Lo mismo que ve cada mañana al despertar y cada noche antes de caer rendido al insuficiente descanso de sus noches. No se levantó. No lo retenía el cansancio del día anterior, ni tampoco la incertidumbre del día de mañana, sino el saber que empezaba otro día, el mismo día, ayer, mañana, otra vez, lo mismo.
Otro día de hacer lo que debe hacer, lo que no quiere hacer, lo que ya hizo ayer y hará mañana. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir? Otro día de actuar como debe actuar, mentir, fingir, ser correcto.
Odió su vida. Trabajar y luchar, nunca ganar. Un millón de sueños rotos, miles de proyectos sin terminar. La sociedad, lo que me rodea no me deja ser feliz, me atrapa en sus cadenas y no me deja obtener lo que quiero. Toda su vida subiendo la montaña, y cada vez que pensaba que llegaría a la cima aparecía una más alta detrás. Una vida mediocre, luchar a fin de mes y no poder darse un lujo, no importa cuánto consiga tener, nunca parece ser suficiente.
El despertador lo trajo a la realidad igual que ayer y el día anterior, le sacó de la vida que el amaba, la que estaba en sus sueños, la que no era real, en la que era otra persona, y lo tenía todo.
Aun no abrió los ojos, pensó en su infancia, aquellos días tranquilos en lo que no habían preocupaciones, no habían responsabilidades, no había que cumplir. Pensó en lo genuino que era y lo falso que es ahora. Pensó en aquellas amistades desinteresadas y en quienes le rodean hoy. Pensó en las cuentas que debía pagar, eran las mismas que debía pagar antes de ir a dormir, aquellas que desaparecieron durante la noche vuelven a aparecer. ¡Estúpido despertador!
Abrió los ojos y un grito de terror salió de su garganta, no vio el techo blanco de su habitación, la lámpara inútil, ni las luces de la calle, no estaba su esposa a su lado. Se levantó y corrió a mirar por la ventana, el mar más azul que había visto se desplegaba ante sus ojos y una playa paradisiaca se extendía desde las paredes mismas de la casa. Salió de la habitación y se encontró con un balcón interior en el que se veían dos puertas más y que daba a una sala de estar inmensa, comenzó a recorrer la casa, la cocina equipada de manera que sólo había visto en programas de televisión, un amplio comedor, encontró una sala de cine y un garaje con tres autos deportivos y una moto, en el patio trasero una piscina y una hermosa terraza. Sin embargo algo le llamó la atención, no había ninguna foto en toda la casa, no pudo encontrar ninguno de sus contactos en su celular, se sintió sólo, completamente sólo.
Pasaron los días en esta vida soñada, tenía todo lo que alguna vez había deseado, ya no había que trabajar, no habían obligaciones, no había más esfuerzo. Pero se sintió vacío, el tener todo lo que había deseado terminó siendo menos satisfactorio que luchar por conseguirlo. Luego de un par de meses comenzó a enloquecer, ya no sabía en qué gastar sus días, no había visto a un ser humano en todo este tiempo. Pasaba el día sentado mirando el mar y deseando su vida anterior, el tener que luchar, a la gente que lo rodea, su vida, él mismo. ¿Quién era ahora? No era él. Él eran sus luchas, sus proyectos, su trabajo, su esfuerzo, sus momentos de decepción y en los que se levantaba del suelo para seguir luchando. La vida no era vida ahora, él no era él.
No pudo más. Decidió acabar con el sufrimiento, entró en el mar y comenzó a nadar. La playa quedó muy atrás, demasiado atrás, pronto no sería capaz de volver, pero eso era lo que él deseaba. Siguió nadando hasta que el primer calambre atacó la parte trasera de su pierna, comenzó a desesperarse. Sin embargo en un momento dejó de luchar, se hundió, dejó que sus pulmones se comenzaran a llenar de agua sus latidos comenzaron a disminuir, un último instinto de supervivencia se apoderó de él e intentó por un segundo subir a la superficie, inútil, todo comenzó a oscurecerse y odió el día en que su sueño se hizo realidad.
Sonó el despertador, abrió los ojos, vio el techo blanco de su habitación, la lámpara, inútil hasta que él llegara al interruptor, las luces de la calle que entran por entre las cortinas esperando que la salida del sol les dé un descanso, su esposa durmiendo a su lado, y comenzó a reír, luego a llorar, luego ambas cosas se juntaron en una escena tragicómica que su esposa, despertada por el ruido de su marido, observaba sin comprender. No dio explicaciones, no las había. Sin embargo su esposa vio en él un cambio, hizo lo mismo que hacía siempre, lo diferente era él, el como hacía lo que debía hacer, el cómo luchaba e incluso el cómo fracasaba. La vida siguió siendo la misma, él decidió disfrutar cada día, vivir cada día, y no vivir de forma mecánica. Tomó la decisión de dejar de desear otra vida, y comenzar a vivir la suya.

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